Moribunda

sábado, 16 de noviembre de 2013
Nómada,
de caminar lento y solitario,
viviendo en la desidia
de estos días de primavera.

Meditabunda,
me sumerjo en aguas profundas
y me dejo caer y caer,
y todo se vuelve silencio.

Demente,
naufrago hoy como ayer
en esas fotos mentales
que me condenan a este exilio.

Moribunda,
por mi pecho corre sangre
pues con el filo de una daga
me he arrancado el corazón.

Ojos verdes cristalinos

Ojos verdes cristalinos,
pequeña mirada inocente,
mestizo por naturaleza,
amigo fiel por adopción.

Quien hubiese pensado,
o tan solo imaginado
que el destino nos regalaría
este paseo terrenal juntos.

Ojos verdes cristalinos,
donde mi reflejo se dibuja,
pequeño momento en que
las sombras no me tocan.

Quien hubiese pensado,
que dos almas solitarias,
yo humana y vos canino,
nos cruzaríamos en esta vida.

Ojos verdes cristalinos,
pequeña mirada inocente,
gracias por ser mi luz
entre tanta oscuridad.

En sueños

Un camino sin final,
un encuentro sideral,
pasos a la par,
dedos entrelazados,
dos sombras se hacen una,
un ocaso como testigo,
dos amantes,
un amor prohibido,
el sol les da la espalda,
la madre tierra se abre,
un abismo entre los dos,
un latido a cada lado,
un amor queda en el vacío,
las manos se sueltan,
se alejan irremediablemente,
dos miradas perdidas,
una lágrima cayendo,
dos amantes prohibidos,
un destino, un final,
cae el telón, termina la función,
de mi sueño desperté.

Veinticuatro abriles

Veinticuatro abriles en el placard,
un presente que yace vacío
junto a ésta cruel soledad,
y el tiempo que ya se agota.

La desesperanza que crece
con cada día que pasa,
si tan sólo vinieras a buscarme…
sabe que te estaré esperando.

Una suplica desesperada tal vez,
pero se lo permito a mi alma
porque bien sé que la soledad
también te acecha incansable.

Cansada de caminar sin rumbo,
ya no tengo lágrimas para llorar,
la sonrisa me abandonó con la última brisa.
Te esperaré junto a mi ventana.

Convencida estoy de que llegarás,
huyendo de tu soledad me encontrarás,
y como almas gemelas volaremos
donde las sombras no nos alcanzarán.

Soy mi sombra

Son lágrimas de despedida
éstas que desbordan de mis ojos,
pues he dejado de ser yo,
ahora sólo soy mi sombra.

Los jilgueros lo cantaban,
el indiscreto mar lo delataba,
el viento me lo susurraba,
pero yo no lo creía.

Recuerdos vagos en mi mente,
esas viejas fotos de la infancia,
y yo, que no soy yo, soy otra.

Presumo que muchos, sino todos,
creen que sigo siendo aquella,
pero que equivocados están,
ahora sólo soy mi sombra.

Volando

Hoy, como siempre,
lagrimas de sangre,
un infinito drenaje
sobre mi cuerpo desnudo.

Un alma desterrada que
suplica por su salvación
con un grito ancestral
que desgarra el aire.
Soy yo agonizando.
Es mi blanca desnudez
tiñéndose de rojo,
es este dolor kármico
dejando sus huellas.
Soy yo despegando.
Tal vez es mi pasado,
quizás mi presente,
o mi incierto futuro
el que se deja desangrar.
Soy yo dejando de ser.
Es un costado del camino
es un despegue sideral,
es mi alma empacando,
es mi vida que me deja.
Soy yo volando…

Con este dolor

Llevo días acurrucada
en el rincón más oscuro
de la casa, sin siquiera comer.
Un profundo dolor habita mi ser
desde hace un tiempo,
y ya se torna insoportable,
tanto, que morir parece ser
la mejor salida de este infierno.
No se puede decir que esto sea vida,
cómo vivir con esto adentro
que ni respirar deja ya.
He buscado por noches enteras
ese llanto sanador que desagote
toda ésta ira, todo este dolor punzante,
pero está claro que se niega a colaborar.
Mis ojos están secos, mi alma vacía,
y el tiempo que no espera más.
La desesperación se apodera de mí,
estoy perdiendo todo sentido
de la realidad.
Ni siquiera se que día es hoy,
sólo se que es un día más,
uno más que se aleja, y yo acá,
acurrucada en el rincón más oscuro
de la casa, con éste dolor
que se ha empeñado en abandonarme,
únicamente, en el lecho de mi muerte.

Poema VI

Constantes y sonantes
transcurren los segundos
dentro de esta habitación
que no para de menguar.

Un ingrato reloj que decidió
marchar hacia atrás, rebobinarse,
y ese desvencijado cajón
que deja caer mis recuerdos.

La cabeza que me da vueltas,
y mis manos que intentan detener
aquel infernal aturdimiento
aferradas con fuerza a mis oídos.

La puerta se abre de repente,
una inmensa luz invade el cuarto,
y una suave mano que me toma
y me acompaña hacia la puerta.

Apagado

Una noche como tantas otras
dentro de esta habitación,
y aquellas voces amigas
tararean junto a una guitarra.

Una tenue luz de luna llena
que asoma por la ventana
y se esparse por el lugar.

Un alma aturdida, confusa,
un instante, un impulso,
el tiempo que se detiene,
y él se arroja para aliviarse.

Una nube gris que se interpone,
las sombras que se abren paso,
varias miradas atónitas al vacío
y una luz que eligió apagarse.

La sentencia

La melancolía exacerbada
ahogo, asfixia, desolación,
carcomiéndome por dentro,
y una daga que mutila el corazón.

Gotas levemente ácidas desangradas
en un continuo torrente agónico
me conducen hacia los infiernos,
donde naufrago entre los suburbios.

Un manto negro sobre el alma,
las sombras que se presentan,
un llanto nervioso y desconsolado
y esas viejas fotos mentales.

Sabor amargo el de ésta noche
ante aquel abrazo ausente
que desgarra el alma toda,
y esa sequedad en los labios
que arden al partirse.

En eso, la luna que se interpone,
justiciera divina de los hombres,
y dicta su inapelable sentencia:
la muerte lenta para mi soledad
y para mí.

No me pueden ver (o no quieren)

Heme aquí de pie ante el mundo,
los miro desde arriba,
con desprecio, con asco,
y doy un paso al frente.
La masa retrocede confusa,
comienzo a quitarme la ropa,
ya se oyen las exclamaciones
de espanto de los allí presentes.
Yo continúo desvistiéndome,
mis prendas caen una tras otra
junto a mis pies descalzos,
sólo mi desnudez me representa.
Los insultos no tardan en llegar,
les escupo en la cara indignada,
¡Ignorantes!, no me pueden ver,
esas vendas que llevan en sus ojos
son prejuicios, tapujos en el alma.
Si he de confesarme señores,
sólo diré que aquella noche
ante ustedes queridos mortales,
expuse mi alma y no la vieron.
Ahora sienten piedad de mí,
ustedes, los mismos que
aquella vez me abandonaron
a la soledad de éste frío cuarto
e hicieron de mí carne de gusanos.
Pues hoy les escupo en la cara
una vez más, como aquella vez,
porque aún no pueden verme.

Días de ayer

Días de ayer que vuelven hoy,
historias pasadas pero no pisadas,
cuando esa maldita memoria
te envuelve en su juego.

Emociones censuradas,
dolores ocultos en los suburbios
de la más profunda inconsciencia,
y esos recuerdos que te delatan.

Los días de ayer que renacen hoy,
finales abiertos que atormentan,
sientes que comienzas a ahogarte,
tranquilo, respira, profundo…

Los deja vus se hacen frecuentes
tratas de ignorarlos, pero están,
sientes que comienzas a enloquecer,
tranquilo, respira, profundo…

El pasado consume tu presente,
no lo puedes controlar, está en tu mente,
te está dominando, te dejas vencer,
tranquilo, respira, ya es tiempo…

Delirios de pasión

Delirios de pasión,
desenfreno y frenesí,
y la habitación toda
se inunda en sudor.

Lenguas de fuego,
jadeos, excitación,
la carne que se desgarra
y el deseo quemando.

Delirio de amantes,
los cuerpos enlazados,
temblando, ardiendo,
muriendo de pasión.

Danzas orgásmicas,
agitación, despojo,
dos almas en un alarido,
y una lágrima de placer.

Un último poema

¿Habrá un último poema
que acompañe mi agonía
hacia el final de mis días?

O será que la muerte
llegará de improviso.

¿Habrá un último poema
con que me despida antes
de mi viaje hacia la muerte?

O será que para la muerte
no tendré nada que decir.

¿Habrá un último verso
que se termine de escribir
junto a mi último suspiro?

O será que el sueño eterno
me arrebatará la palabra.

¿Habrá un último poema?
O tan sólo un epitafio
sobre mi fría lápida.

Q.E.P.D.

Mi epitafio

Aquí yace una poetiza, un alma vagabunda que creyó en la vida y respetó a la muerte.

Poema V

Te hago el amor por las noches,
pero lo cierto es que no te tengo.

Imagino una vida a tu lado,
pero la soledad me despierta.

Reconozco tu voz entre la gente,
pero se que jamás la escuché antes.

Cierro mis ojos y veo tu rostro,
pero aún no nos hemos cruzado.

Te amo y lo haré por siempre,
aunque aún no te conozco.

Tengo el temor

El crujir en mis entrañas
anuncia el peligro,
un nuevo ser se interpone,
un nuevo dolor se avecina.

Tengo el presentimiento,
tengo la sensación,
tengo el temor,
de que acabe en dolor.

A paso firme, incansable,
despojado, irrumpe,
no reconoce los tiempos,
no fueron hechos para él.

Tal vez me precipito,
quizás me apresuro,
pero este cruel temor
no deja pensar.

Un deseo de huir,
de evaporarse al contacto,
consumen día y noche
a este cansado corazón.

Se alzan, de repente,
esos imponentes muros,
guardianes leales
de este profano tesoro.

Y así, atrincherada,
aguarda mi alma
el zarpazo mortal
de aquel intruso visitante.

Se hace difícil

Se hace difícil hallar el camino
en medio de tanta confusión
cuando no se sabe con certeza
si se está vivo o se está muerto.

Qué diferencia existe entre
este mezquino corazón que niega
sus mejores latidos y aquel
que inerte yace bajo tierra.

Espera

Los segundos se van muriendo
inevitablemente uno tras otro.
Por más que trato de ignorarlos,
un frenético tic tac los anuncia.

Un nuevo amanecer que despunta
en el lejano horizonte del valle,
y yo esperando junto a la ventana
como te prometí aquella vez.

Aun conservo aquel vestido celeste
que me obsequiaste antes de partir.
No lo he podido usar últimamente,
pues ya no quepo en él, he engordado.

Sabes, he dejado de salir de casa,
pues temo no estar cuando regreses.
La gente piensa que estoy loca,
los he oído murmurar a mis espaldas.

Una brisa helada se cuela bajo la puerta
un llanto que se ahoga en mi garganta,
la sospecha de que no llegarás a tiempo,
y éste, mi último latido… te lo perderás.

Vagabunda

Camino entre sombras oscuras,
pero no temo, sé de qué se trata,
no es mi primera vez en estos lados,
ni tampoco ha de ser la última.

Deambulo errante por las noches
desterrada de mi paraíso onírico,
soy un fantasma, un ser etéreo
no tengo forma ni entidad.

No me puedes ver, pero estoy,
precisamente a tu lado, sí,
bebiendo de tu café,
oculta bajo tus sábanas.

Soy vagabunda de este mundo,
estoy, convenientemente
donde no debo y convivo
con ustedes, en ustedes.

Así estoy bien

La intensa lluvia caliente
lleva horas y horas cayendo,
el vapor se hace presente
empañando todo a su alrededor.

El agua corre por mi cuerpo
en una inagotable caricia,
yo no me muevo, no quiero,
no lo necesito, así estoy bien.

No puedo saber cuanto tiempo
llevo sentada en éste piso
sólo dejando que el agua corra
sobre mí, desintoxicándome.

Volteo la palma de mis manos
y me quedo observando...
profundas arrugas comienzan
a gestarse bajo mis dedos.

El agua continúa corriendo
por mi cuerpo, yo no me muevo,
no lo haré más, no lo necesito,
así estoy bien.

Pies desnudos

El invierno ya se hace presente,
abrigos que decoran el paisaje
y los pies desnudos de ese chico.

Un café cargado ya está listo,
la charla que se avecina
y los pies desnudos de ese chico.

Son las últimas hojas secas
de este otoño las que agonizan
y los pies desnudos de ese chico.

Te dejo libre

Me estoy alejando lentamente,
¿lo notas? ¿Puedes sentirlo?
O tampoco puedes ver eso…
Te dejo libre.

Te di todo de mí, no tengo más,
te dije ‘te quiero’… no me fue fácil.
Y no me supiste escuchar.
Te dejo libre.

Algo se murió en mí, me cansé,
me dolió darme cuenta,
pero ya entendí, no eres para mí.
Te dejo libre.

Pensé que podía ser todo
aquello que necesitabas y más.
Pero me equivoqué, suele pasar.
Te dejo libre.

Tal vez no era nuestro momento
o quizás los planetas no se alinearon…
Pero el tiempo se acabó para mí.
Te dejo libre.

Escribiendo, pensando...

La madrugada se me escapa ya de las manos, el sol comienza a amenazar con asomarse tras el horizonte. Sin embargo mis ojos no sienten aún el peso del cansancio y el sueño se resiste a aparecer, mientras tanto unos buenos mates y una música de fondo me sirven de compañía.
No sé porque en las madrugadas encuentro frecuentemente mi musa inspiradora, me vuelvo más creativa, y las palabras me esperan a la vuelta de la esquina alineándose una tras otra en la hoja blanca de mi ordenador.
Es como si mi mente y mi alma se tomaran un descanso y se unieran en comunión. Casi puedo ver las palabras escapándose fugazmente de mi cabeza y elevándose en el aire de ésta habitación, se mueven desordenadas al son de la música que reproduce mi equipo de audio… se mezclan, se funden ante mi, forman versos entre sí y se vuelven a desorganizar. Yo intento captar las ideas, las tomo, las vuelco en el papel, y las doto de sentido… las cuento. Más palabras brotan de mí, una tras otra, algunas se escapan, no las alcanzo… pero no me preocupa. Se que volverán.
En tan sólo cinco minutos, se harán las 5 de la madrugada, me pregunto cuantos más en estos momentos estarán frente a su ordenador escribiendo… dejando que su inspiración fluya en un acorde de guitarra. Cuantos como yo no logran conciliar el sueño por las noches y se arrojan desesperadamente al ordenador o a su fiel compañero, el cuaderno, a arrojar sus pensamientos, ideas e historias.
Cuantas tramas se estarán tejiendo mientras yo pienso, cuantos poemas se estarán gestando precisamente ahora, cuantas vidas se estarán contando en este segundo…
Me imagino millones de pensamientos dibujados en el aire en forma de globos a lo largo de todo el mundo, uno a la par del otro, enfrente, en un lejano país o en otro continente incluso, desconociendo cada uno de ellos la existencia del otro, pero confluyendo inevitablemente todos hacia el infinito, desdibujándose…
También puedo imaginarme esos pensamientos hablados, casi puedo escuchar los murmullos de los miles de trasnochados que cuentan, que narran hasta el cansancio.
Cuantos de todos aquellos que permanecen despiertos esta noche estará pensando en lo mismo que yo, cuantos me imaginarán escribiendo, pensando…

Réquiem para un loco

¿Qué requisitos debe cumplir una persona para ser calificada como “loco”? Tal vez deba hablar solo o tener comportamientos extraños ante la vista de los demás. ¿Cuál es el límite que separa la cordura de la locura? ¿Cuál es el límite entre la realidad y la fantasía?
Como saber el momento exacto en que uno se aleja del terreno de la racionalidad para inmiscuirse en los pantanos del desquicio. Que se sentirá… nada, absolutamente nada.
Dicen que “de poetas y de locos todos tenemos un poco…”, pero cómo saber cuándo es demasiado… cuándo es poco. Con qué aparato se mide el grado de la locura. Un estado tan complejo del ser como es la locura, ¿es posible medirse científicamente? Yo no lo creo.
Lo que yo creo, sinceramente, es que el ser humano cuando nace trae consigo su pequeño grado de locura que será el que forje su personalidad futura. Pero la sociedad, que se constituye como un sistema perfectamente engranado, avanza sobre ese pedaso de locura que comienza a nacer dentro de todos nosotros. Se interpone en su camino, y la apacigua, la amansa, la adormece… con el sólo fin de que podamos ser aceptados por el resto de la sociedad.
Sólo pequeñas reminiscencias de esa locura afloran en nosotros a lo largo de la vida como características de nuestro carácter o personalidad. Pero a veces, esa locura comienza a encenderse… primero como una chispa, luego como una pequeña llamita, y finalmente aflora en llamaradas ardientes que se consumen lo poco que quedaba de racionalismo dentro de nuestro ser.
Es entonces… cuando podría decirse que de entre las llamas se asoma la locura intimidante, y se interpone ante el mundo. Se dice, se da a conocer… y la sociedad se espanta, se escandaliza.
Yo me considero loca, hasta podría decirse, rematadamente loca… lo sé porque siento profundamente, lo sé porque el fuego me quema por dentro, lo sé porque mis pensamientos van más a allá, lo sé porque son pocos los que me entienden, lo sé porque siento como me alejo cada vez más de la supuesta “realidad” que nos imponen, lo sé porque convivo con ella…

ALGÚN DÍA LOS LOCOS MOVEREMOS AL MUNDO…

Hoy me tomo de la mano

Una vez más, la madrugada me invita a recorrerla con mis palabras. Cada vez se me hace más frecuente la necesidad de compartir tiempo conmigo, de abstraerme del mundo que me rodea y dedicarme simplemente a mí… a conocerme, a charlar conmigo, a pensar, a amalgamarme con mi yo interno.
No hace mucho que descubrí el placer de la soledad y de compartir tiempo con mi yo interno que tan abandonado creo haber tenido. Sólo fue hace una semana…
Me recuerdo sentada bajo la ducha, sintiendo como el agua cálida golpeaba sobre mi espalda... Y yo no pensaba en nada. Mi mente se puso en blanco y sólo existía ese momento de paz… las gotas de agua caliente cayendo por mi cuerpo, y mi yo interior gozando de placer al sentirse amado.
Fue un fin de semana en que me dediqué a salir con conmigo; fuimos al cine, nos sentamos en un bar a tomar un café y mirar a la gente pasar, dormimos juntas… Hacía tiempo que no me sentía tan plena, con tanta vida, tan querida…
En el café conversamos… conversamos mucho. Le conté de mis andanzas, mis penas, mis pasiones… ella me contuvo, me aconsejó… como sólo una gran amiga sabe hacer. Entre otras cosas, me dijo que me calmara, que no anduviera de prisa, que pensara, que me olvide de los que los otros piensan o esperan de mí… me pidió que viviera.
Ella y yo nos tomamos de la mano hace tan sólo una semana y ahora siento que ya no sé vivir sin su compañía. Por momentos me siento casi al borde de la locura, presiento que mi razón de fuga lentamente bajo la puerta y las tinieblas de la demencia se apoderan de mi ser.
Es entonces cuando tomo a mi yo interno de la mano y me voy con ella de paseo por los senderos de la serenidad. Pero cada vez se me hace más difícil volver, me cuesta alejarme de ella, me cuesta despedirme. Es tan placentero estar a su lado…
Hace tan sólo una semana, yo era como un barco a la deriva en altamar. No encontraba el rumbo, sentía que mi cabeza iba a estallar en mil pedazos, no encontraba consuelo para mis penas, mi alma se arrastraba por el suelo y mi espíritu se balanceaba en la cornisa. Hace tan sólo una semana, era simplemente un alma en pena, un ser errante y vagabundo que se perdía entre la gente... un fantasma.
Ahora encontré la otra parte de mí que se había perdido, que había dejado de escuchar, que había encerrado en un placard… Me encontré a mí misma, finalmente… y no me voy a dejar escapar. No otra vez…

Abismo

La madrugada me sorprende llorando,
son las primeras lágrimas que te dedico.
Ya no sé cómo convivir con tu ausencia
y los días se han tornado interminables.

El desquicio se apodera lentamente de mí
y siento mi cabeza a punto de estallar.
Ya no sé cómo seguir sin ti a mi lado
y la noche me atormenta con tu imagen.

Necesito arrancarte de aquí adentro,
pero nunca me enseñaron a hacerlo.
Dicen que cuando se ama se está vivo.
Entonces, ¿por qué muero yo?

Cuando mi mirada se pierde en la tuya
imagino una y mil veces lo que harías,
si tan sólo me robara un beso de tu boca.
Pero el miedo a saberlo me quita del trance.

El abismo está próximo, puedo verlo a mis pies.
Siento que caigo cada vez más profundo
y la claridad se nubla, la realidad se pierde.
Siento que caigo cada vez más profundo
y la vida me suelta, el alma me abandona.

Cómo saber si me lees

Cómo saber si me lees, cómo saber si te enteras,
o será que estas palabras se escriben en la nada
y se pierden en el más cruel de los olvidos.

Si tan sólo me leyeras podrías verme,
porque no soy más que lo que escribo.
Partes de mí se desprenden en cada verso
y un poema roba mi último aliento y te lo regala.

Cómo saber si ahora me estas leyendo,
o será que mis palabras no te llegan a tocar.
¿Y si mi vida se escapa tras versos que jamás leerás?
Como saber lo que provoco en ti cuando te miro.

Si tan sólo me leyeras podrías sentirme,
porque cada verso está escrito en mi piel.
Cómo saber si en realidad escribo para nadie
y la muerte me espera ansiosa al final de un verso.

Si tan sólo me leyeras podrías amarme,
porque al hacerlo me estás acariciando.
Cómo saber si me lees, cómo saber si te enteras,
cómo saber si el tiempo ya se acabó para mí.

Kilómetros de perfecta transición

Kilómetros de perfecta transición
que se funden en un lejano horizonte,
y en el medio, un amor que agoniza
porque se han perdido dos amantes.

Una tenue luz se apaga en la noche
ya cansada de luchar por subsistir.
La Madre Tierra la toma en su regazo
y en el cielo nace una nueva estrella.

La pena de un amante se ahoga
sobre una fría lapida de mármol,
será su última caricia desolada
en forma de lágrimas enlutadas.

Kilómetros de perfecta transición
los separan entre la vida y la muerte,
y un amor sangra en medio de la nada.
El amante ya no quiere caminar solo.

Otra tenue luz se apaga en la noche,
y una nueva estrella nace en el cielo.
Dos sepulcros, dos amantes y un amor,
arropados hasta el fin por la Madre Tierra.

Hoy te amo

No puedo recordar el momento exacto
en que te metiste en mi mente,
ese preciso segundo en que permití
que tomaras mi alma por asalto.

No puedo recordar el instante
en que te quise por vez primera,
ese pequeño gesto que admiré
y guardé para siempre en mi alma.

No se qué fue lo que hiciste,
no se qué fue lo que dejaste de hacer.
Hoy desperté y te amé como nunca
al dibujarte sonriendo en mi mente.

El día se aleja en una lenta agonía
que se hace insoportable cada vez
al dejar en descubierto este amor
que rompe como olas en mi corazón.

No puedo recordar el instante
en que te quise por vez primera,
pero es seguro que no olvidaré jamás
cuanto te estoy amando hoy.

Nonos

En este ultimo tiempo los recuerdos que vienen a mi memoria con considerable frecuencia, son de mis abuelos. Hace ya varios años que he quedado huérfana de abuelos, pero a veces la nostalgia de aquellas ausencias pesan en el alma y extrañarlos resulta inevitable. Sólo dos de mis cuatro abuelos han sido importantes en mi vida, ya que a los otros no he llegado a conocerlos. Ellos son: mi abuela paterna “nona Inés”, y mi abuelo materno “nono Luis”.
Quisiera escribir tantas cosas acerca de ellos, pero las imágenes se reproducen a borbotones en mi cabeza y son tantos recuerdos y sentimientos que no puedo plasmarlos con claridad. Sólo puedo decir que extraño las manos grandes y fuertes de mi nono, sus geniales latiguillos cotidianos, sus dichos del campo, su andar por la casa, sus mesadas cada vez que aprobaba una materia del colegio, sus lágrimas de emoción por cualquier cosa, sus inolvidables: “¿así que te ai’ hecho la rabona?”, “tu madre esta loca”, “vieja chota”, “gente loca”, “pasame el fugo (jugo)”, “dío porco”, “con juicio”, “me cago en el cura bizco” jeje y tantos otros. También recuerdo un último beso que le negué (sin saber que a la mañana siguiente moriría) y del que me arrepentiré por el resto de mi vida.
De mi nona, recuerdo varias de sus comidas, como su flan de chocolate, los veranos en su casa, las compras en el barrio, los dedos regordetes de sus manos, sus épocas de tejido, el sonido de sus suecos que retumbaban por doquier al caminar por la casa, las puteadas cuando se ponía chinchuda, su palabra favorita era: “¡Mierda!” jeje.
Son esas pequeñas cosas las que se extrañan y las que duelen en el alma. Son esas pequeñas cosas las que delatan sus ausencias. Aun hoy después de varios años, puedo conservar en mi memoria el sonido de sus voces, como si ayer mismo los hubiese oído por última vez.

Qué no te daría

Qué no te daría…
Te daría la luna, si la noche te hace feliz.
Te daría el alba, si no te alcanza la noche.
Te daría los siete mares, si lo pidieras.

Te daría mi mano, si te sintieras caer.
Te daría música, si el silencio te atormenta.
Te daría el viento, si lo pidieras.

Te daría una amistad, si lo que quieres es hablar.
Te daría un abrazo, si te hundes en la soledad.
Te daría el universo, si lo pidieras.

Te daría la vida, si tan solo me la pidieras.

Poema IV

Siluetas plasmadas en las sombras
de esta desolada noche de verano
ofrecen su baile pasional a los dioses,
exorcizando sus demonios en cada movimiento.

Se beben la brisa extasiadas de placer,
y dejan acariciar sus contorneadas figuras
por las ramas indecentes de los árboles,
estallando una y otra vez ante su contacto.

El aliento lujurioso de aquellas almas
se eleva hacia la inmensidad del cielo
para ser llovido sobre la Madre Tierra
en la inoportuna mañana que se avecina.

Siluetas noctámbulas, apasionadas,
nacen del deseo oculto tras las sombras
y se desvanecen con la llegada de la neblina
que anuncia el nacimiento de un nuevo día.

Sueño despierta

Sueño despierta con noches de luna brillante
y mares de agua salada hasta el infinito.
Nos sueño compartiendo nuestras soledades,
en silencio, con la mirada perdida en el cielo.

Noches de luna brillante y mares de agua salada,
y nuestra silueta se dibuja en la penumbra.
Noches de almas gemelas danzando
incansables un tango sin principio ni final.

Sueño despierta con un eterno nosotros,
que se lleve para siempre con la bajamar
este desdichado tú y yo en que vivimos.

Sueño despierta con esa caprichosa brisa marina
que despeina nuestros cabellos una y otra vez.
Sueño despierta con noches interminables a tu lado,
bajo esa brillante luz de luna que nos vio nacer.

Poema III

Largos amaneceres y ocasos
desde aquella tormentosa despedida
en que decidiste que un adiós
sería la decisión mas acertada.

El tiempo fue apaciguando
los tumultuosos sentimientos
que habían comenzado a aflorar
dentro de mi irascible ser.

Me propuse no extrañarte,
y mucho menos quererte.
Pero dicen que has vuelto
y eso me mantiene inquieta.

Se que nos encontraremos,
no lo podremos evitar.
Verte y tocarte una vez más
se ha vuelto mi mayor deseo.

Se que ese día llegará pronto,
puedo sentir el fuego en mi piel.
Se también que perderé toda razón,
pues el solo nombrarte ya lo provoca.

Oh dioses de mi eterna perdición
el incierto destino de mi vida
queda hoy en vuestras manos,
pues yo ya no soy dueña de mi.

Soledad

Vil mujer de cabellos blancos
que te apareces en las noches
con ese paso aletargado que
te distingue a lo lejos.

Vivo tratando de alejarte de mí
evitándote como a una peste,
ocupo mi cabeza en otras cosas,
solo para tratar de olvidarte.

Cuanto más me alejo de ti,
más te necesito a mi lado.
Vivir contigo me consume,
pero tampoco sé vivir sin ti.

Oh Soledad, arma de doble filo,
si supiera tan solo qué hacer.
Oh Soledad, eterna visitante,
si pudiera tan solo ser feliz.

Esta noche te estaré esperando,
como siempre, como nunca.
Las campanadas se harán oír
y el destino decidirá el mejor final.

Verdad

Hoy la verdad golpeó a mi puerta,
no eres feliz, confesó indiscreta
mientras se acomodaba en mi sillón.
Yo sólo atiné a cerrar mi boca.

Lo tienes todo, plena eres de vida.
Haces todo aquello cuanto amas,
no das explicaciones, nunca lo has hecho.
Vives tal como deseas vivir.

Y no tienes nada, estás vacía.
La desolación se apodera de ti cada noche,
esa taquicardia que tienes la anuncia.
Y tú sólo das inútiles brazadas de ahogado.

Esperas ese inminente rescate
que no llega, y en el fondo de esa agonía
temes que jamás suceda, porque te conoces
y las fuerzas se agotan.

Mi verdad me observa tras la puerta,
bajo la espesa bruma de la noche
se aleja como vino, solitaria.
"¡No soy feliz!", le grito.

Ella

Ella se mueve sigilosa
a través de la noche.
Ella nos observa,
nos asecha,
incansable.
Un escalofrío recorre
el espinazo
al sentir su respiro
en el pescuezo.
Ignorarla
resulta conveniente,
olvidarla
imposible.
Ella permanece
incansable,
cual fiel compañera
o vil verdugo.
Un día tomará tu mano
y no te podrás resistir,
porque cuando decidiste nacer
ella puso su firma sobre ti.

Poema II

Intento una y otra vez recomenzar,
respirar nuevos aires
lejos de ésta gran ciudad.
El verano se hace insoportable,
nada que hacer, solo esperar
el siguiente otoño.
Los días se vuelven agobiantes,
vagabundeo sin destino,
calles desoladas,
hedor putrefacto.
Me pregunto que nuevas andanzas
traerá este año,
desearía tener la respuesta.
¿Un cambio hará la diferencia?
Es probable, o tal vez
nadie lo note.
Sueño que estoy y no estoy,
sueño que vengo y me voy,
sueño que sueño.
¿Será que sueño o deliro?

Permanezco

Coraza de acero, muro de silencios,
y detrás, levemente asomado, vos.
Criatura celestial, alada,
luminosa y oscura a la vez.
Apareces cual destello tímido
en este valle de sombras,
debelando la contorneada figura
de esas viejas arboledas.
Lo iluminas todo a tu paso,
despejas ese cielo gris
que ha sumido a este valle
en interminables años de oscuridad.
Resplandeces, brillas,
desbordas de vida
ante la mirada atónita
de miles de flores marchitas.
Pero cuando mi ser se interpone
ante tu paso arrollador,
te debilitas, retrocedes,
te escondes tras la espesa nebulosa gris
que invade nuevamente el valle.
Permanezco en pie,
mirando hacia donde estás.
Puedo apreciar a lo lejos
el brillo inconfundible de tus ojos,
su intensidad penetrante
me hace permanecer incansable.
Largas raíces se han entornado
lentamente bajo mis pies,
pero ese brillo que veo en tus ojos
hace que permanezca día tras día
esperando a que decidas descubrirte,
esperando a que decidas dejarte descubrir.

Saberte cerca

El saberte cerca y no poder tenerte,
me asfixia.
Siento el impulso dentro de mí,
la adrenalina corriendo por mis venas.
Siento el ardor en mi estómago,
la punzada en mi pecho.
Siento el crujir de mis huesos,
el sudor en mis manos.
Siento como mi cuerpo
se revoluciona en un loco frenesí
ante cada uno de tus gestos.
Siento, siento…
y al sentir estoy muriendo.
Cada nuevo encuentro
es una nueva muerte para mi ser.
Muero y renazco una y mil veces,
una y mil veces.
Cada último resabio de vida sabe distinto,
se hace más amargo cada vez,
al saberte cerca y no poder tenerte.
Quemas en la piel, y quemas en el alma,
ardes en los labios, y ardes en el alma,
dueles en el pecho, y dueles en el alma,
al saberte cerca y no poder tenerte.

Un segundo

Un segundo, sólo un segundo necesito
para demostrarte cuando te amo.
Un segundo, de sesenta que cada minuto
desperdiciamos en cosas banales.
Porque a las palabras se las lleva el viento,
porque lo que perdura es ése momento.
Sólo un segundo, para que sientas
lo que yo siento, tan sólo un segundo,
que mutará en una eternidad.
Un segundo, que invita a saborear
el néctar de éste maravilloso elixir.
No necesito más.
Porque todo está en ese segundo,
el instante en que nuestros labios
se trenzan, se funden y se hacen uno.

Lágrimas de sangre

Una lágrima de sangre
se desprende tímida,
y se desliza suavemente
dejando una profunda huella
tras su paso.
Se detiene un instante
sobre el labio,
y continúa su descenso,
dejándose caer
dentro de mi boca.
Puedo sentir su agrio sabor,
y aún está caliente.
Mi lengua la toma
en su regazo,
y ella se sumerge sin más.
No es la primera
que nace en mi alma
y muere en mi corazón.
Sólo es una más.
Lágrimas de sangre.
Se suceden una tras otra,
marcando el pausado pulso
de mis agonizantes latidos,
precipitando el aletargado
tiempo de mi reloj de arena.

Poema I

Te miro y no estás,
me enfoco en la nada y te siento.
Estás y no estás en realidad.
Intento zambullirme en tu mundo,
y que tú te zambullas en el mío.
Pero un muro se alza entre los dos.
Yo no lo construí, sólo me topé con él.
El aire, ese aire
en que danzamos en comunión,
se envicia por el silencio.
El tiempo
se esfuma bajo la puerta,
cual niño que huye a hurtadillas
tras una travesura.

A mi hermana

Como decir lo que significas para mí,
como decir lo que provocas en mi,
como decir lo mucho que te quiero.
Llevamos largos años de amistad
impregnados de dulces recuerdos,
como así también, algunos
amargos tropiezos.
Siempre haz sido un pilar en mi vida,
una guía, una compañera, una amiga.
Fuiste, sos y seguirás siendo
todo eso y mucho más.
Porque, no hay palabras
que puedan expresar,
lo mucho que te extraño
cuando no te veo.
Porque, no hay palabras
que puedan expresar,
la falta que haces en mi vida.
Un día de otoño,
hace ya diez años,
te elegí como mi amiga.
Hoy, vuelvo a elegirte una vez más,
ya no como amiga,
sino como hermana.
Te elijo, por ser mi cable a tierra,
una lucecita en la inmensa oscuridad.
Te elijo, por hacer que adore
estar a tu lado cada vez.
Te elijo, porque cuando estoy con vos,
puedo ser yo, sinceramente.
Una y mil veces te elijo,
porque sé que sin vos
mi vida no sería lo mismo.

Reflejo

Cuando mi imagen se reflejó en el espejo,
no me reconocí, y eso me asustó.
Veo a una niña, sí, una niña que llora;
parece no entender que sucede,
parece no entender que hace allí.
Me mira a los ojos con sus pupilas
enormemente dilatadas de espanto
al verse reflejada en mí.
Me suplica que la ayude,
que la saque de allí.
Tiene miedo, puedo verlo en sus ojos.
Apoyo mi mano derecha sobre el espejo,
la niña hace lo mismo imitándome.
Por más que trato, no logro tomar sus deditos.
El vidrio se hace infranqueable,
y ella parece desesperarse aún más.
Llora, llora ante mis desesperados
intentos de sacarla de allí.
Yo lloro con ella, es incontrolable,
no puedo evitar el sentir culpa
por no poder rescatarla.
Ella parece perdonarme;
afligida me observa desde el otro lado,
yo lloro de impotencia.
No hay nada que pueda hacer.
Nuestras manos se alejan del espejo
y nos quedamos mirando.

Sigo acá

La vida se desliza, se esfuma ante mí; y yo acá, atrapada. Siento que tengo que estar en otro lugar en estos momentos; debería estar en otros lugares, pero no acá. Siento que me estoy perdiendo algo, siento que me pierdo muchas cosas mientras estoy acá.
Siento que enloquezco dentro de ésta jaula donde me paseo como un oso ante la mirada atenta de algunos curiosos.
Siento que debería estar en otro lugar en estos momentos; siento que alguien me espera, y yo estoy acá.
Siento que podría estar haciendo otra cosa, otras cosas, antes que esto. Siento que me estoy perdiendo algo.
Por momentos me conformo con éste lugar, que yo misma elegí y hasta creo que llego a disfrutarlo. Pero cuando mi mirada se refleja en el espejo, veo tristeza y melancolía.
Siento que debería estar en otro lugar en estos momentos; hay quienes me esperan, quienes me necesitan. Y yo acá.
Siento que me estoy perdiendo algo, algo grande, algo importante. Me estoy perdiendo la vida.
Siento que hay más de una vida, hay miles de vidas allá afuera que deseo vivir, hay miles de personas que ansío conocer o que ansían conocerme.
Siento que me estoy perdiendo algo, me estoy perdiendo lo mejor de mí en este mundo.
Siento que todo lo que hago, todo lo que soy y todo lo que siento, es nada comparado con lo que podría llegar a ser. Pero no tengo tiempo para esperar a que aquello suceda. Simplemente no tengo tiempo, ni tampoco paciencia. Ya se me pasó prácticamente un cuarto de vida, y yo estoy acá.
Siento que en éstos momentos podría estar en tantos otros lugares aprendiendo, viviendo, aprendiendo a vivir.
Siento que me estoy perdiendo algo. Siento que el tiempo pasa, partes de mí van quedando en el camino, y yo acá; sintiendo que me estoy perdiendo algo, que debería estar en otro lugar, que alguien me está esperando.

Nostalgia

El sol y la luna, se
suceden una y otra vez.
Las hojas de este almanaque
caen estrepitosamente.
Las penas que creía superadas,
no lo están lo suficiente.
Los recuerdos que creía olvidados,
permanecen intactos.
El placer, al sentir tus manos
recorriendo todo mi ser,
está aún latente como
una marca de fuego.
Nostalgia,
tú que traes a mi presente
lo que creía pasado;
te pido que te alejes.
Ya no hay nada
que pueda unir dos almas
cuyas pasiones encontradas,
vagan a la deriva
de un mar embravecido.
Nostalgia,
tú que te jactas
de terca y soñadora,
te pido que te alejes.
Ya no hay nada
que pueda mantener
vivo algo que nunca
fue realmente fuerte.
Ya no hay nada que me retenga
a ese intenso, pero breve pasado.

Luna Cautiva

La Luna, fiel amiga
de mis noches ausentes.
Su suave y blanca luz
descubre mi cuerpo desnudo,
entornado como un feto.
Coros de grillos elevan
sus melodías fúnebres a los cielos.
Cuervos sedientos de carne
revolotean sobre mí, me disputan,
presagiando un gran festín.
La nómada e inoportuna nube
se desplaza ocultando a la Luna
con su velo gris.
Las sombras reinan de repente
en la Madre Tierra,
y los viles cuervos se abalanzan
sobre mí, picoteando cada vez.
No siento mi carne,
es que ya no estoy en ella.

Me sé muerta

Cientos de nubes negras se aproximan desde la inmensidad del cielo, ocultándolo todo bajo su enorme velo enlutado. Lentamente los rayos de sol que aún resisten semejante ocupación por parte de las sombras, van doblegándose ante su paso. La ciudad se encuentra inmersa de repente en una oscuridad absoluta, casi fantasmal.
Luego sobreviene una desmesurada quietud que se torna insoportable. La vida se ha detenido en la gran ciudad para dar paso a la incertidumbre y la desazón. La gente ha dejado de moverse de repente, formando una especie de cuadro al óleo, con sus miradas atónitas dirigidas hacia arriba. Sólo yo me muevo, aún.
Las copas de los verdes árboles comienzan a marchitar sus hojas, dejando caer sus débiles ramas al suelo. Uno a uno, los pulmones de ésta gran ciudad van cayendo, como va cayendo la gente desvanecida junto a ellos. Yo sigo en pie, observando, espectadora de mi propia e inevitable muerte.
El aire se vuelve cada vez más frío, puedo ver el vapor saliendo por mi boca al intentar respirar. A mi alrededor ya no queda gente con vida, o por lo menos, nadie que se mueva. Solo yo permanezco en pie aún, y no sé porque.
El aire comienza a faltarme, se me hace muy difícil respirar, tanto que mis pulmones duelen al intentar inhalar. Me doy cuenta que estoy muriendo, pero no tengo miedo, no. Solo tengo una sensación de desasosiego al saberme muerta y no poder evitarlo de ninguna forma.
El ambiente se ha vuelto helado, y el poco aire que entra en mis pulmones duele, quema. Caigo rendida al suelo, ya no me quedan fuerzas para nada más, estoy entregada; he sido vencida.
Aún puedo sentir los últimos suspiros saliendo por mi boca, mi último resabio de vida escapándose entre tinieblas. Ya no soy, ya no estoy. Me sé muerta.

El jilguero

Hasta hace un tiempo todo eran tinieblas. Mis pies caminaban entre inestables y espesos nubarrones, abriéndose paso hacia una tenebrosa desolación. Todo era tortuoso silencio y misterio, en ese mundo paralelo que era mi vida. Mis ojos vendados, fueron privados de reconocer mi triste realidad; realidad en la que me encontraba inmersa por propia voluntad. Claro está, que con el paso de los días, y de los meses luego, yo había perdido todo control sobre mi ser. Por mis oídos penetraron infinidad de falacias y engaños muy bien enfundados por cierto, que fueron formando ese ser miserable que era yo. No era capaz de reaccionar, de sublevarme ante semejante atropello.
Mi cerebro estaba como dormido, inconsciente, ausente. Hasta hace un tiempo todo eran tinieblas. Ante tanto tiempo en cautiverio, como un animal de experimentación, me costaba recordar la intensidad del sol. De ese sol que cada mañana me cegaba cuando abría la ventana de mi cuarto para despertar al nuevo día; ese sol que disfrutaba tomar en mis vacaciones en las sierras.
Recuerdo que por momentos tenía cierta lucidez que me recordaba que debía salir de ese estado, pero por más que intentaba, no lograba abrir mis ojos y mover mis pies. Era prácticamente un vegetal.
Así pasaron varios meses de mi corta vida, hasta que un buen día escuché algo que me llamó la atención. Un sonido, ante tanto silencio. Me aferré a él con todas mis fuerzas y continúe escuchando detenidamente. Era un jilguero, pude reconocerlo. Fue entonces cuando me di cuenta de que aún estaba viva, de que podía lograrlo, que podía escapar. Fue ahí cuando desperté de ese estado de letargo en que me encontraba inmersa, y abrí mis ojos a la luz. Recuerdo que me enceguecí por varios minutos; la luz era muy intensa, muy blanca. Sentí los rayos del sol golpear sobre mi pálido rostro, devolviéndole la vida. Por mis mejillas caían lágrimas de sal, que cicatrizaron viejas heridas del alma.
Al recuperar por completo mi visión busqué a ese jilguero salvador, y allí estaba, junto a la ventana mirándome. De pronto, levanta su pico al cielo y comienza a cantar la melodía más hermosa que jamás haya oído, la melodía de la libertad. Luego desplegó sus alas al viento y se alejo apresuradamente, perdiéndose en el cielo. Y yo, yo hice lo mismo.

Despedida a Adolfo Castelo

Esta noche es triste, el cielo está llorando lágrimas de sal, porque decidiste dejarnos. Así, tan de repente, para siempre. El silencio ésta noche se hace intenso, doloroso. Afuera la tormenta azota las calles, desconsolada.
Miles de voces se alzan ésta noche en tu nombre; te recuerdan, te veneran, te acompañan. Son esas pequeñas almas taciturnas, que acompañaron cada uno de tus pasos por la tierra, las que hoy lloran tu ausencia.
La lucha fue tu bandera. Te vimos luchar contra todo y contra todos, y luchaste hasta tus últimos suspiros.
Esta noche es triste, aún te estamos despidiendo. Los lamentos de tu gente se hacen oír, retumban en los oídos, penetran en el alma.
Tus alas se han desplegado ésta noche, bajo lágrimas de lluvia; ellas te envuelven, te abrazan, alzando tu vuelo a la eternidad.

Noches vacías

Noches vacías, en un cuarto vacío. Mi hermana duerme. Siempre duerme, no despierta. Yo no duermo, nunca duermo, no puedo dormir. Las paredes lilas están vacías, muy vacías. La radio suena, los locutores hablan, hablan... Yo no los escucho. Un grillo, está cantando dentro del cuarto. Siempre canta, y yo lo escucho, lo escucho. Hace calor, un poco. El grillo canta. Tengo sed, mucha sed. Tomo agua, mucha. Tengo sed, ya no. Miro el techo. El techo me aburre, no me gusta. Es de madera, me aburre. Hay música, en la radio. Me gusta, es tranquila, me llena de paz. Hay muebles, muchos muebles, de madera. No me gustan, me incomodan, me molestan. El grillo, canta, canta, sigue cantando. Mis ojos, pesan, duelen. Yo, duermo, duermo... profundo.

Meses igual

Llevo meses igual, tratando de escapar,
de dejar de depender, de volar libre
como alguna vez soñé...
Pero estas alas pesan cada día más
y no dejan que me eleve a lo alto.

Allí donde nadie pueda alcanzarme,
donde las reglas no existan,
donde el tiempo se detenga,
donde el espacio se esfume.

Allí donde pueda ser yo,
donde pueda sentirme,
y no pretenda ser otra.
Allí donde mi alma se exprese
en plenitud, y
desplace finalmente a la razón.

Estoy hablando de un lugar
para mí, sólo para mí,
mi lugar infinito, mi lugar cósmico...
Allí donde pueda refugiarme
a pensar.
Pensar en mí, en lo que
los demás esperan de mí,
y en lo que yo tengo
para dar.

Llevo meses igual, tratando de escapar,
de volar, de volar alto.
Tan alto que ni los más osados pájaros
puedan alcanzarme.
Tan alto, que ni los aviones
puedan llegar.
Tan alto, que ni yo misma
pueda alcanzarme.

Existencia

Cuerpos físicos,
simples partículas de átomo
vagando en la superficie
de éste cosmos infinito.

Cuerpos parpadeantes
al son de vuestras percepciones,
dotados de existencia,
dotados de vida.

Universo,
mares de energía
donde vosotros navegáis
existiendo y dejando de existir
ante cada parpadeo.

A veces espectador
otras veces escenario,
sois esclavo de la
voluntad de Dios.

Espíritu,
conciencia cierta,
observador del mundo,
anónimo habitante
de nuestros
cuerpos físicos.

Desencuentros

Un hilo de suspiros nos unen
en la inmensidad del mundo.
Los encuentros fortuitos en horas perdidas,
en el vertiginoso ritmo de la vida,
no alcanzan a saciar nuestra sed de deseo.

Los astros se conjugan en un devenir
de esperanzas que se rompen ante cada partida.
Mis labios se resecan, se lastiman, sangran,
por la ausencia de los tuyos
que húmedos de pasión,
me mantienen en vida.

Las lágrimas ya secas en nuestros rostros,
se petrifican, se hacen carne.
Las estaciones se suceden ante nuestros ojos,
las hojas caen y vuelven a crecer,
los días se acortan y vuelven a alargar.
Son tan pocos los momentos que tenemos,
los ratitos que robamos...

Las promesas son dichas y no cumplidas,
los sentimientos pintados y no sinceros.
Tus tiempos no son los míos,
tus noches no son las mías,
tus días tampoco lo son.

Nuestros caminos parecen predestinados
a perderse en los suburbios de ésta gran ciudad.
Sin embargo ésta llama que arde
dentro mío cada vez que apareces,
hace que siga esperando cada día y cada noche,
por tu regreso.

Confusión

Afuera el sol brilla intenso,
los árboles se menean
al son de la suave brisa,
los gorriones cantan
melodías de esperanza.

Adentro, las tinieblas
empañan mi claridad,
mis pensamientos se confunden,
mis sentimientos batallan
una guerra feroz.

Todo mi ser se ha convulsionado.

Mis venas se resisten
a segregar la sangre,
mis pulmones detienen
su inhalación y exhalación,
mi corazón se cansó de bombear...

Todo mi ser se ha convulsionado.

Mis manos no dejan de temblar,
mis huesos no dejan de doler,
mis ojos no dejan de llorar.

Ultimatum

Aquella madrugada
en que sellaste con fuego
mi alma,
dicté un ultimátum
a mi sangrante corazón.
Le di una última oportunidad
a mi desdichado amor.

Desde el comienzo,
fuiste una vil mentira
que me enroscó en
una nebulosa gris
de la que no pude escapar.

Aquella madrugada,
frente a ese río
que fue nuestro único testigo,
empezaste éste juego macabro
que creció con el correr de los días.

Tus labios junto a mi oído,
escupieron promesas y brujerías
que envenenaron mi inocencia.

Pero aquella noche,
junto a ese mismo río
que ya no fue nuestro testigo
sino un siniestro cómplice más,
intentaste terminar tu osadía.

Pero mis sentidos,
mis únicas armas de defensa
ante semejante acecho,
fueron quienes me sacaron de allí.

Pero no te detuviste,
y otra vez esos rezos macabros
que pregonaban el amor más puro
y sincero, me embelesó.

Volví a caer en esa tela pegajosa
que creaste para mí,
donde yo, tu presa,
quedaba inmovilizada e indefensa.

Pero hoy, luego de mucho pelear
y reñir con mi corazón,
esa tela carcelaria logré romper
y salí nuevamente a la luz.

Hoy, por primera vez
en mucho tiempo,
puedo sentir el aire puro
entrando en mis pulmones.

Mis sentidos lograron liberarse
de ésta esclavitud
y hoy solo responden ante mí.

Pero el ultimátum se cumplió,
y las puertas de mi desgarrado
y profano corazón,
han sido cerradas por
toda la eternidad.

Extraños

Extraños en la cama,
donde una vez
fuimos los mejores amantes.

Extraños en la casa,
donde miles de veces
bailamos desnudos,
bajo el calor abrasador
de nuestra chimenea.

Extraños seres
deambulando en la noche
cual almas errantes
un mundo de nieblas.

Eso somos...

Extraños en el mundo,
extraños en la vida.

Ni cenizas quedan ya,
de aquellos que una vez
supimos ser.

Dulce espera

Era una de esas mañanas nostálgicas del otoño, donde el sol brilla tenue a lo alto descubriendo el nuevo día. En las calles la gente camina apurada, preocupada, pensante... Todos van a algún lado, todos tienen a alguien esperando por su llegada.
Pero en el Geriátrico "Esperanza", el tiempo se encuentra detenido, los relojes no cuentan los minutos, ni las horas. Y si lo hacen a nadie le importa.
- ¡Buenos Días, Doña Inés! ¿Cómo anda hoy?
- Triste. (Responde Inés cabizbaja).
- ¿Por qué está triste? ¡Mire el hermoso día que hace afuera! Si hasta parece que los árboles danzaran...
- Mañana es 30.
- Sí. ¿Y que hay con eso Doña Inés?
- Es que es mi cumpleaños.
- ¿En serio? Entonces debería estar contenta. Acá con todos los abuelitos le vamos a organizar una fiestita. ¿Quiere?
- No se, estoy triste jovencita, y no tengo ganas de festejar nada.
- ¿Y eso porqué?
- Es que ya nadie se acuerda de mí, parece que no existiera.
- Eso no es cierto Doñita. De seguro sus hijos y nietos se acuerdan de usted y la extrañan. Pero deben estar muy ocupados y no pueden venir tan seguido como quisieran.
- Sí, debe ser eso. Dice Doña Inés pensativa, mientras retuerce una y otra vez un pequeño pañuelo entre sus manos.
Al rato, Doña Arminda se aproxima tambaleándose con su caminador que apenas puede sostener, y se sienta junto a Doña Inés que había empezado a tejer con sus agujas.
- Buenas Inecita. ¿Qué hace?
- Espero. - Dice Doña Inés, sin levantar la vista del tejido.
- ¿Qué espera?
- Nada. Sólo espero.
Doña Arminda comienza a repartirse los naipes para jugar un solitario, mientras piensa por un momento, hasta que finalmente mira a Doña Inés y le dice:
- Uste' está muy rara hoy día. ¿Qué le anda pasando?
- Nada, sólo estoy un poco cansada de esperar que alguien venga a visitarme.
- Entonces, ya no espere.
- ¿Sabes...? - Dice Doña Inés - Hoy hace cinco años que estoy acá, y mis hijos sólo han venido a visitarme unas pocas veces. Mis nietos directamente ni vienen. Y los entiendo, mira si van a querer venir a ver a una vieja como yo.
- Che, no digas esas cosas Inecita.
- Pero es la verdad. Mañana cumplo 83 años.
- ¿En serio? De seguro van a venir tus hijos y tus nietos con regalos.
- Sí, tal vez. - Dice Doña Inés.
Ana se acerca con una bandeja en las manos, en la que traía dos vasitos de agua.
- Bueno chicas, es hora de tomar la medicina.
- ¿No llamó ninguno de mis hijos? - Pregunta Doña Inés.
- No todavía, Inecita. Pero no tardarán en hacerlo, y cuando lo hagan yo le voy a avisar. No se preocupe.
La enfermera se retira apresuradamente a atender a los demás pacientes.
- No van a llamar. - Dice Doña Inés acongojada y con los ojos llorosos.
- No pienses pavadas. - Dice Doña Arminda, tratando de alivianar el dolor de Inecita. Y decide cambiar de tema.
- ¿Sabías que Don Luis se escapó ayer?
- No. No sabía. - Dice Doña Inés algo sorprendida.
- Sí. Parece ser que el guardia estaba hablando por teléfono, y Don Luis aprovechó ese descuido y se escapó. La vieja Amelia que es súper chismosa, me contó que lo encontraron a unas cinco cuadras preguntando como llegar a barrio Alberdi.
- Pero si él no vive en barrio Alberdi. - Dice Doña Inés, dejando definitivamente el tejido para más tarde.
- Sí, ya sé. Pero el viejo está medio arteriosclerótico, así que cree que vive en barrio Alberdi, que es su barrio de la infancia.
- Gente loca... - Concluye Doña Inés.
- Sí, por suerte nosotras nos conservamos bastante bien.
- Al pedo. - Sentencia ofuscada Doña Inés.
- ¿Por qué decís eso?
- Porque sí, ¿para qué seguir viviendo a ésta edad? ¿No te das cuenta que somos un estorbo y no cabemos en ningún lado? Ya no somos útiles para esta sociedad, ya cumplimos nuestro ciclo.
- Ya estoy empezando a convencerme de que tenés razón en lo que decís. -Plantea Doña Arminda contrariada.
- La tengo, mierda, la tengo. - Afirma Doña Inés visiblemente enojada.
A lo largo de todo el día las dos ancianas se dedicaron a hablar sobre temas triviales y sin importancia, como casi todos los días. Cuando se hicieron las nueve de la noche las enfermeras volvieron a pasar para acostar a los abuelos, y un rato después las luces fueron apagadas.
La mañana siguiente los primeros rayos del sol ya penetraban por las rendijas de las ventanas, cuando Juanjo y Laura, los hijos de Doña Inés, llegaron al geriátrico con una torta en sus manos.
La Directora del lugar los recibió amablemente, y los invitó a acompañarla hasta la habitación de Inés.
- Vengan por aquí, por favor. Ella aún está durmiendo, pero vamos a despertarla.
Ellos caminaron a lo largo de un corredor hasta llegar a una puerta blanca.
Juanjo y Laura entran expectantes y ansiosos por ver a su madre. Una vez junto a la cama Juanjo intenta despertar a su madre sacudiéndola suavemente. Pero Doña Inés no reacciona. La vuelven a zamarrear, y nada... Juanjo afligido, temiendo lo peor, le toma el pulso y mira a su hermana con los ojos llenos de lágrimas.
- Está muerta. - Dice Juanjo finalmente.
Desde la cama de al lado Doña Arminda aún acostada miraba con lágrimas en sus ojos toda la escena.
- Feliz Cumpleaños, Inecita. - Dice por lo bajo Doña Arminda, antes de cerrar nuevamente sus ojos.

Miradas

Salí a caminar buscando no se qué, comencé a observar a las demás personas, sus comportamientos mientras van y vienen. Entonces noté que no se miran unos a otros es más, creo que ni siquiera notan la existencia del otro. Ellos simplemente agachan sus cabezas y encaran el mundo, cual toro a su torero. Ni siquiera levantan la vista sin tropiezan con alguien, sólo balbucean por lo bajo: “perdón...”, y siguen la marcha.
Entonces me propuse buscar sus miradas, cada persona que me cruzaba la miraba a los ojos como diciéndole: “Hey, acá estoy mírame...”. Pero ellos simplemente volteaban su rostro hacia cualquier lado, o ni siquiera levantaban la cabeza, y seguían llevándose todo por delante.
Pero no me di por vencida, todavía no; seguí intentando encontrar una mirada amiga, una mirada en la cual reflejarme, una mirada perdida y desorientada como la mía.
Caminé y caminé, las horas pasaron y pasaron... y se hizo la noche. Mis esperanzas de encontrar esa mirada se estaban esfumando lentamente. Mis pies empezaron a sentir el cansancio de un largo día de caminata, parecían no querer más; estaba a punto de tirar la toalla. Pero terca como soy, decidí hacer un último esfuerzo y caminar un poco más, después de todo la gente que transita las calles por la noche suele ser distinta. Muchos de ellos, son seres taciturnos, bohemios... Ellos probablemente me den lo que ando buscando, porque ellos también suelen buscar lo mismo. Podría decirse que son como almas desoladas, solitarias, que salen por las noches en busca de compañía, de cariño, de amor, o por lo menos de una mirada amiga que los comprenda y abrace, en este son que es la vida. Caminé una cuadra, y al pasar frente a una Iglesia vi a un chico acurrucado con una manta junto a la entrada. Lo miré, para mi sorpresa, él también me miró. Nos seguimos con la vista, sin siquiera hacer un gesto. Cuando pasé a su lado, sin bajar su carita me dijo: “Gracias”. Yo también le agradecí y seguí caminando.
Pero no satisfecha aún por haber logrado mi cometido, decidí hacer un último recorrido. Ya casi no sentía mis pies, pero no me importó, igual seguí caminando. Estaba decidida a encontrar una nueva alma errante como la mía. Llegué a una plaza y me senté en un banco a esperar... a esperar que ese ser viniera a mi encuentro. Después de todo, no creo haber sido la única que buscara... De seguro había muchos como yo, que transitaban sus últimas vueltas en busca de una mirada amiga.
Me acurruqué en el banco y comencé a mirar en todas direcciones, la gente iba y venía, pero no pasaba nada. Entonces los vi, eran un par de ojos inquietos que me observaban desde la muchedumbre. Eran los ojos más hermosos que jamás haya visto. De a poco se fue acercando hacia el banco donde yo estaba sentada... era un joven, y me sonreía mientras caminaba.
Entonces me di cuenta de que la había encontrado. Sí, había encontrado mi “alma gemela”, una mirada amiga para siempre.
El se acercó junto a mí y me dijo sonriendo: “Al fin te encuentro”. Me tomó de las manos, nos fuimos caminando juntos, y nos perdimos en ese mar de gente que iba y venía por esa plaza.
Aún hoy, después de cincuenta años, cada vez que miro a mi marido, al padre de mis hijos, al abuelo de mis nietos a los ojos, se me estruja el corazón.