Dulce espera

sábado, 16 de noviembre de 2013
Era una de esas mañanas nostálgicas del otoño, donde el sol brilla tenue a lo alto descubriendo el nuevo día. En las calles la gente camina apurada, preocupada, pensante... Todos van a algún lado, todos tienen a alguien esperando por su llegada.
Pero en el Geriátrico "Esperanza", el tiempo se encuentra detenido, los relojes no cuentan los minutos, ni las horas. Y si lo hacen a nadie le importa.
- ¡Buenos Días, Doña Inés! ¿Cómo anda hoy?
- Triste. (Responde Inés cabizbaja).
- ¿Por qué está triste? ¡Mire el hermoso día que hace afuera! Si hasta parece que los árboles danzaran...
- Mañana es 30.
- Sí. ¿Y que hay con eso Doña Inés?
- Es que es mi cumpleaños.
- ¿En serio? Entonces debería estar contenta. Acá con todos los abuelitos le vamos a organizar una fiestita. ¿Quiere?
- No se, estoy triste jovencita, y no tengo ganas de festejar nada.
- ¿Y eso porqué?
- Es que ya nadie se acuerda de mí, parece que no existiera.
- Eso no es cierto Doñita. De seguro sus hijos y nietos se acuerdan de usted y la extrañan. Pero deben estar muy ocupados y no pueden venir tan seguido como quisieran.
- Sí, debe ser eso. Dice Doña Inés pensativa, mientras retuerce una y otra vez un pequeño pañuelo entre sus manos.
Al rato, Doña Arminda se aproxima tambaleándose con su caminador que apenas puede sostener, y se sienta junto a Doña Inés que había empezado a tejer con sus agujas.
- Buenas Inecita. ¿Qué hace?
- Espero. - Dice Doña Inés, sin levantar la vista del tejido.
- ¿Qué espera?
- Nada. Sólo espero.
Doña Arminda comienza a repartirse los naipes para jugar un solitario, mientras piensa por un momento, hasta que finalmente mira a Doña Inés y le dice:
- Uste' está muy rara hoy día. ¿Qué le anda pasando?
- Nada, sólo estoy un poco cansada de esperar que alguien venga a visitarme.
- Entonces, ya no espere.
- ¿Sabes...? - Dice Doña Inés - Hoy hace cinco años que estoy acá, y mis hijos sólo han venido a visitarme unas pocas veces. Mis nietos directamente ni vienen. Y los entiendo, mira si van a querer venir a ver a una vieja como yo.
- Che, no digas esas cosas Inecita.
- Pero es la verdad. Mañana cumplo 83 años.
- ¿En serio? De seguro van a venir tus hijos y tus nietos con regalos.
- Sí, tal vez. - Dice Doña Inés.
Ana se acerca con una bandeja en las manos, en la que traía dos vasitos de agua.
- Bueno chicas, es hora de tomar la medicina.
- ¿No llamó ninguno de mis hijos? - Pregunta Doña Inés.
- No todavía, Inecita. Pero no tardarán en hacerlo, y cuando lo hagan yo le voy a avisar. No se preocupe.
La enfermera se retira apresuradamente a atender a los demás pacientes.
- No van a llamar. - Dice Doña Inés acongojada y con los ojos llorosos.
- No pienses pavadas. - Dice Doña Arminda, tratando de alivianar el dolor de Inecita. Y decide cambiar de tema.
- ¿Sabías que Don Luis se escapó ayer?
- No. No sabía. - Dice Doña Inés algo sorprendida.
- Sí. Parece ser que el guardia estaba hablando por teléfono, y Don Luis aprovechó ese descuido y se escapó. La vieja Amelia que es súper chismosa, me contó que lo encontraron a unas cinco cuadras preguntando como llegar a barrio Alberdi.
- Pero si él no vive en barrio Alberdi. - Dice Doña Inés, dejando definitivamente el tejido para más tarde.
- Sí, ya sé. Pero el viejo está medio arteriosclerótico, así que cree que vive en barrio Alberdi, que es su barrio de la infancia.
- Gente loca... - Concluye Doña Inés.
- Sí, por suerte nosotras nos conservamos bastante bien.
- Al pedo. - Sentencia ofuscada Doña Inés.
- ¿Por qué decís eso?
- Porque sí, ¿para qué seguir viviendo a ésta edad? ¿No te das cuenta que somos un estorbo y no cabemos en ningún lado? Ya no somos útiles para esta sociedad, ya cumplimos nuestro ciclo.
- Ya estoy empezando a convencerme de que tenés razón en lo que decís. -Plantea Doña Arminda contrariada.
- La tengo, mierda, la tengo. - Afirma Doña Inés visiblemente enojada.
A lo largo de todo el día las dos ancianas se dedicaron a hablar sobre temas triviales y sin importancia, como casi todos los días. Cuando se hicieron las nueve de la noche las enfermeras volvieron a pasar para acostar a los abuelos, y un rato después las luces fueron apagadas.
La mañana siguiente los primeros rayos del sol ya penetraban por las rendijas de las ventanas, cuando Juanjo y Laura, los hijos de Doña Inés, llegaron al geriátrico con una torta en sus manos.
La Directora del lugar los recibió amablemente, y los invitó a acompañarla hasta la habitación de Inés.
- Vengan por aquí, por favor. Ella aún está durmiendo, pero vamos a despertarla.
Ellos caminaron a lo largo de un corredor hasta llegar a una puerta blanca.
Juanjo y Laura entran expectantes y ansiosos por ver a su madre. Una vez junto a la cama Juanjo intenta despertar a su madre sacudiéndola suavemente. Pero Doña Inés no reacciona. La vuelven a zamarrear, y nada... Juanjo afligido, temiendo lo peor, le toma el pulso y mira a su hermana con los ojos llenos de lágrimas.
- Está muerta. - Dice Juanjo finalmente.
Desde la cama de al lado Doña Arminda aún acostada miraba con lágrimas en sus ojos toda la escena.
- Feliz Cumpleaños, Inecita. - Dice por lo bajo Doña Arminda, antes de cerrar nuevamente sus ojos.

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