Me sé muerta

sábado, 16 de noviembre de 2013
Cientos de nubes negras se aproximan desde la inmensidad del cielo, ocultándolo todo bajo su enorme velo enlutado. Lentamente los rayos de sol que aún resisten semejante ocupación por parte de las sombras, van doblegándose ante su paso. La ciudad se encuentra inmersa de repente en una oscuridad absoluta, casi fantasmal.
Luego sobreviene una desmesurada quietud que se torna insoportable. La vida se ha detenido en la gran ciudad para dar paso a la incertidumbre y la desazón. La gente ha dejado de moverse de repente, formando una especie de cuadro al óleo, con sus miradas atónitas dirigidas hacia arriba. Sólo yo me muevo, aún.
Las copas de los verdes árboles comienzan a marchitar sus hojas, dejando caer sus débiles ramas al suelo. Uno a uno, los pulmones de ésta gran ciudad van cayendo, como va cayendo la gente desvanecida junto a ellos. Yo sigo en pie, observando, espectadora de mi propia e inevitable muerte.
El aire se vuelve cada vez más frío, puedo ver el vapor saliendo por mi boca al intentar respirar. A mi alrededor ya no queda gente con vida, o por lo menos, nadie que se mueva. Solo yo permanezco en pie aún, y no sé porque.
El aire comienza a faltarme, se me hace muy difícil respirar, tanto que mis pulmones duelen al intentar inhalar. Me doy cuenta que estoy muriendo, pero no tengo miedo, no. Solo tengo una sensación de desasosiego al saberme muerta y no poder evitarlo de ninguna forma.
El ambiente se ha vuelto helado, y el poco aire que entra en mis pulmones duele, quema. Caigo rendida al suelo, ya no me quedan fuerzas para nada más, estoy entregada; he sido vencida.
Aún puedo sentir los últimos suspiros saliendo por mi boca, mi último resabio de vida escapándose entre tinieblas. Ya no soy, ya no estoy. Me sé muerta.

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